Si llevas muchos años sintiéndote diferente y rechazado/a por tu propia familia, es probable que hayas terminado aceptando el rol de “oveja negra”. Generalmente esta etiqueta tiene connotaciones negativas y dentro del sistema familiar se las describe como: alguien difícil, rebelde, que siempre da la nota, que siempre lleva la contraria, que trae los problemas a casa, que no sabe estar callado/a, que siempre está a la defensiva, el/la que es demasiado sensible o exagerado/a, etc.
Si te ves reflejado/a en estas palabras, voy a ampliar el tema para que entiendas que no hay nada malo en ti.
Desde siempre te has sentido rechazado/a por tu familia, has recibido duras críticas por ser como eres, y, por lo tanto, has llegado a la conclusión de no eres una persona con problemas, sino que tú mismo/a eres el problema. Has pasado mucho tiempo intentado encajar y hasta has asumido (quizás inconscientemente) el papel de “hijo/a conflictivo/a” como única forma de encontrar un lugar dentro del sistema.
Seguramente lo has intentado todo:
Cuando vives situaciones de rechazo continuo, aprendes a hacerte pequeño/a para que los demás no se sientan incómodos con tu presencia. Te has hecho experto/a en “leer a las personas” y sabes exactamente qué necesita cada miembro de tu familia para estar bien; pero si te preguntan qué es lo que necesitas tú, te quedas en blanco.
Dudas de ti e incluso de tu propia cordura por tantas veces que has escuchado que eres demasiado sensible o que estás exagerando. Vivir en tu familia, lo sientes como estar en una jaula: desde fuera parece una foto bonita pero por dentro te falta el aire.
Proteger tu identidad no es ser un/a “hijo/a conflictivo/a”, es un acto de supervivencia. Tienes la capacidad de identificar “qué está bien” y qué no es correcto. Ver las diferencias de cada miembro es reconocer que no se puede medir a todos por el mismo patrón.
Si sientes en otras áreas de tu vida que por mucho que te esfuerzas nunca es suficiente, estás repitiendo el mismo patrón que viviste en tu familia. Recuerda que tienes derecho a equivocarte y a descansar, y seguir siendo una persona válida y digna de respeto. Tu valor no depende de tu éxito o logros externos.
Quizá tu familia no puede cambiar la forma en la que te ve, pero tú sí puedes aprender a mirarte con amor y a cuidarte como necesitas.
No rompes la familia, rompes el silencio. Una familia que se mantiene unida a base de mentiras y silencios, no es una familia sana. Si cuando te expresas se te acusa de “crear conflictos”, el problema no es tu verdad, es la estructura frágil de una familia que se basa en ocultar la realidad. Tú eres quien ve lo que nadie quiere mirar. Tu papel es ver la verdad aunque eso incomode a los demás.
Cuando eras pequeño/a la única opción que tuviste de sobrevivir, fue adaptarte a lo que tus cuidadores principales demandaban de ti; tu seguridad (literalmente) dependía de ellos. Los pensamientos intrusivos que tienes hoy en día del tipo: “no me siento suficiente” o “siempre lo hago mal”, son las secuelas de haber escuchado críticas constantes. Es vital que aprendas a identificar esas voces que no te pertenecen. Es hora de devolverlas a quien corresponda.
No puedes dar a tus padres el amor que ellos no recibieron de los suyos. Esto genera un agotamiento brutal porque es una misión imposible. Tu trabajo no es salvar a tus padres, es salvarte tú. Tu sistema requiere de alguien que lo haga distinto para poder evolucionar. Ser el/la primero/a en disfrutar de la vida, es el mayor honor que puedes brindarle a los que no pudieron hacerlo.
Si esto te sucede es porque has tenido que competir y esforzarte para llegar al ideal inalcanzable que tus padres esperaban de ti para darte el reconocimiento y la validación que tanto has esperado. Un ideal totalmente distorsionado con la persona que tú eras. Así aprendiste que brillar es peligroso porque genera el rechazo o la frialdad de tu familia. Darte el permiso para ser “diferente”, es parte esencial de tu recuperación.
Se que es doloroso aceptar que tu familia no tiene la capacidad de verte tal y como eres, pero esto te permite poner límites sin sentirte culpable. Sanar no es arreglar el vínculo, es aceptar la realidad con firmeza.
Si aceptas que tu papel no es complacer a otros, puedes empezar a complacerte a ti. La aprobación que tanto buscas sólo la puedes encontrar en tu interior. En el momento que dejas de intentar ser “el hijo/a perfecto/a”, aparece la persona real.
El hecho de que puedas sentir rabia o desacuerdo es la prueba de que tu esencia no se ha apagado.
La “oveja negra” es la que tiene la capacidad afrontar el sufrimiento para no perpetuarlo a sus descendientes.
No necesitas seguir escondiendo quién eres; poner límites no te hace ser malo/a, te hace una persona adulta y libre.
Este tema es complejo y además muy doloroso, pero también profundamente sanador para la persona que se toma el tiempo y el espacio de hacer una revisión de su historia. Si nunca has profundizado en ello, la sensación de sentirte inseguro/a y culpable siempre te va a acompañar, afectando a situaciones fundamentales de tu vida como: sentirte pleno en pareja, atreverte a ir hacia tus proyectos, dejar de esforzarte en todo hasta sentirte agotado, formar tu propia familia y un largo etcétera. Mi experiencia ayudando a personas en esta situación, me confirma constantemente que sí es posible aprender a integrar tus vivencias y que éstas sean un impulso y no un freno en tu vida. Si te sientes identificado/a y deseas que sea yo quien te acompañe:
A veces sucede que la persona que estás conociendo desaparece de repente, ¿Comprobaste antes de que eso ocurriese si quería o no una pareja? Trabaja el autoengaño para poder mostrarte tal y como eres, esperando recibir (al menos) lo mismo que tú ofreces.